Feminismo Nac&Pop

LUCIANA CADAHIA

¿Cómo conciben la diferencia entre lo político y la política el feminismo y el populismo? ¿Por qué toda una serie de experiencias de emancipación de las mujeres peronistas queda por fuera de, o incluso en disputa con, la tradición feminista?

Mis colegas Paula Biglieri y Gloria Perelló suelen repetir una frase que a mí me gusta mucho: “Cuando tratamos de pensar juntos el feminismo y el populismo, algo colisiona”. La pregunta salta a la vista: ¿qué cosa colisiona? Y la respuesta no se hace esperar: nuestro sentido común. Algunas compañeras feministas ven con malos ojos este choque de fuerzas. Consideran que el feminismo debe inspirar una fuerza afirmativa que se expanda ilimitadamente sin fisuras ni tensiones internas. Sostienen que el antagonismo y el conflicto, propios del populismo, serían algo así como una expresión más del patriarcado y las formas masculinas de hacer política. Así que el feminismo y el populismo serían como el agua y el aceite, dos formas de organización diametralmente opuestas sobre las que deberíamos tomar una posición clara. O bien somos feministas o bien somos populistas.
Dejo para más adelante el chantaje que encierra esta falsa dicotomía y más bien me limito a señalar que este punto de vista termina por reproducir los estereotipos patriarcales alrededor de “lo femenino”: si lo masculino sería lucha y conflicto, el feminismo, reconciliación y cuidado. Otras compañeras, en cambio, no vemos un problema con esta colisión. Más aún, consideramos que un pensamiento que no se expresa a partir de sus fisuras y tensiones internas está condenado al cementerio (o al mercado, que, para el caso, es lo mismo).
Dije que me gustaba la frase de Paula y Gloria porque es gracias al choque entre el feminismo y el populismo que resulta posible disolver esta dicotomía purista (por no decir puritana) y plantear algo así como un feminismo populista. Y para eso es importante detectar los cantos de sirena del feminismo neoliberal o multicultural a lo Hillary Clinton. Se trata de un feminismo tramposo, que expropia las demandas populares de las feministas, las pone a jugar dentro de la lógica de las corporaciones y la élite global con el objetivo de proveer, de manera individualizada y sectorizada, el reconocimiento de una minoría.
¿Por qué digo que es una trampa? Porque eclipsa la dimensión colectiva de estas luchas, ofrece una pseudosalvación individual e invita a recibir nuestro reconocimiento dentro de la lógica neoliberal. Deja intacta la dimensión estructural que origina las exclusiones y nos vuelve insensibles a otras formas de opresión que ese mismo feminismo neoliberal ejerce contra migrantes o trabajadores empobrecidos. La clave, a mi entender, es no perder nunca de vista la dimensión estructural de la opresión, y asumir que la lucha feminista tiene que reconocerse como una organización colectiva desde abajo y en alianza permanente con los oprimidos de la patria. Es decir, el feminismo, en clave populista, es una expresión más del campo popular. Creo que es posible hacerle una zancadilla a estas lecturas Ivy League del feminismo recurriendo al pensamiento nacional popular. Desde esta interpretación, que por fin ha podido digerir el insufrible ethos postmoderno de corte afrancesado, la tensión entre el feminismo corporativo y el feminismo Nac&Pop puede pensarse como una tensión entre lo nacional-oligárquico y lo nacional-popular. Esta distinción marca construcciones de la identidad colectiva muy diferentes entre sí. Si hablamos de lo nacional oligárquico, allí encontramos esos rasgos fascistas que hoy expresa la derecha exacerbada de Milei. Una nueva versión de la paradoja señorial latinoamericana, a saber: crear las condiciones simbólicas y materiales para inocular el autodesprecio hacia todo aquello que no exprese la ficción de lo “blanco occidental”. No solo ha justificado la violencia contra indígenas, negros, mestizos, trabajadores o mujeres, sino que ha materializado formas de subjetivación muy complejas al interior de los sectores populares, donde lo que no representa la conciencia blanca occidental es motivo de sospecha, desprecio y rechazo. Esto explica que una parte importante de los argentinos odie a Cristina Fernández de Kirchner y los valores peronistas que ella representa. A fin de cuentas, el peronismo es la forma que las argentinas hemos construido para salir de la paradoja señorial, a punta de lazos afectivos colectivos.
Pero no es fácil atravesar las fantasías oligárquicas (vengan de derechas o de izquierda), y, menos aún, los señuelos ontológicos que ellas nos ofrecen: la fantasía de que venimos de los barcos, la ficción de la Argentina como tabula rasa, la delirante creencia de que somos la Europa de América Latina, las limitaciones para pensarnos desde los territorios, la rastacueril tendencia de creernos en la vanguardia de las modas académicas y estéticas, la desopilante fe en los dólares, la idea de que el país se divide entre Buenos Aires y el interior, etc..., etc..., etc... Frente a estas técnicas oligárquicas de autodesprecio simbólico (que facilitaron los ejercicios de despojo material y simbólico de nuestras sociedades), lo nacional popular es otra forma de construir la identidad colectiva. En primer lugar, hace de esa heterogeneidad que nos constituye algo a recoger y potenciar en vez de castigar o expulsar. En segundo lugar, esta identidad no es identitaria ni esencialista (como pasa en el primer caso), sino que es una identidad operativa que resulta de sedimentos históricos que se reconocen en un entramado político en sintonía con la emancipación.
Esta forma de construir la identidad nacional popular no solo está en las antípodas de las construcciones fascistas, sino que también toma distancia de las identidades multiculturales anglosajonas, que segmentan la identidad para que el “hombre blanco” (el trascendental sustraído de la escena) otorgue el reconocimiento a cada una y le ofrezca un rol y una migaja en el entramado económico del neoliberalismo. La identidad plurinacional, en cambio, construye una trama común rota en su interior y abierta a la reconfiguración permanente en el ámbito de la praxis. A la vez que entiende que la finalidad de la identidad no es el reconocimiento de un otro (asumido como exterioridad), sino la construcción de un reconocimiento entre “iguales” para la acción política colectiva. La finalidad, entonces, no es el reconocimiento sino la comunidad organizada.
Por eso sospecho de la producción intelectual que se divide en compartimentos estancos. Me incomoda mucho este tipo de moda académica, impulsada por el norte global, que nos pone a bailar al ritmo endiablado del mercado. Por un lado, deberían estar las teorías dedicadas al feminismo, por otro, las del populismo, y, finalmente, las que se dedican a explorar la dimensión institucional de las repúblicas en clave popular.
¿Por qué debemos asumir, de manera acrítica, esta tendencia a escribir sobre una sola lucha? ¿Quién dicta que la emancipación es el ejercicio de profesionales de las ideas que deben ofrecer un solo ángulo de visión acorde a las ventas que puedan generar los libros? Si algo ha caracterizado al pensamiento crítico latinoamericano es su irreverencia y heterogeneidad al momento de plantear los problemas relacionados con la emancipación de nuestros pueblos.

La otra trampa del feminismo oligárquico, y de pensar en compartimentos estancos (o con zapatos ortopédicos), se hace explícita cuando la teoría sugiere que estas formas de organización popular se dan de manera separada en la realidad. Por suerte la realidad es mucho más tozuda, y, si la miramos por el rabillo del ojo, nos damos cuenta de que las luchas contra la opresión se dan mucho más articuladas de lo que estaría dispuesta a aceptar la moda académica. Por citar algunos ejemplos, el feminismo realmente existente, al menos el que se construye desde América Latina y el Caribe, nunca abandonó la lucha republicana para construir instituciones feministas. O, si atendemos al populismo de los últimos veinte años, nos damos cuenta de que expresa la experiencia de gobierno popular que más transformaciones feministas ha propiciado en la región. Desde la búsqueda de paridad en los órganos legislativos, ejecutivos y judiciales, hasta el ingreso de las disidencias sexuales en funciones del Estado o el diseño de políticas públicas que garanticen cuidados y más tiempo libre a las madres y las mujeres de sectores populares.
Hay algo excéntrico en el feminismo populista latinoamericano. Y tomo este término, excéntrico, de Jorge Alemán. Su uso supera la falsa dicotomía entre centro y periferia, puesto que tiene la capacidad de crear centros en todos lados. Y nada tiene que ver con esa tendencia trillada de pensar la praxis latinoamericana como una acción gestada desde los márgenes. En esa idea del margen hay un inconfesado vínculo de dependencia con el centro, puesto que sin centro no hay margen. Y, al mismo tiempo, serios problemas para pensar las estrategias de poder populares que desean superar las barreras de la marginalización. Como si al atravesar esa fantasía, ese poder popular traicionara no sé qué esencia y pureza conservada en el margen.
Esa actitud pasoliniana de pensar que lo popular solo puede existir en la inocencia de su marginalización encierra una actitud reaccionaria. ¿Por qué? Porque, al quedar ubicados los latinoamericanos en el margen (indígenas, mestizos populares, mujeres, negros, campesinos, etc.), pasamos a ocupar un rol de pasividad y exterioridad respecto de los procesos políticos del continente y el mundo. Como si no hubiéramos tenido ningún papel en la configuración de nuestras repúblicas, de la modernidad o de las revoluciones políticas de los últimos siglos.
Por eso, me gusta seguir la tesis del intelectual e historiador Javier Francisco Flórez, quien hace una distinción muy buena sobre la negritud en Colombia que sirve para criticar esta actitud particularista. Él dice que la cultura negra no es un margen o una particularidad en la región, sino que ha sido la élite oligárquica local y global la que ha tendido a marginalizarla de la trama narrativa nacional e internacional. Trabajos como los suyos o los de José Figueroa (para el caso cubano y ecuatoriano), o la reconstrucción del marxismo negro que hace Amanda Hurtado, desmontan el brutal mito del margen y el particularismo postmoderno. Ellos muestran, a través del uso del archivo y de diferentes legados teóricos, que el movimiento y el pensamiento negro jamás se pensó como un margen, minoría o particularidad. Al contrario, en los archivos se observa su vocación universalista e internacionalista. Incluso se asumen como actores de primer orden en la construcción de la patria grande y en su papel como sujetos modernos en América.
Por qué, entonces, la filosofía y la estética de la clase dominante sigue atada a cierta vocación por el margen, la minoría, la escucha del oprimido, el particularismo o la otredad ancestral deshistorizada es un enigma que deberíamos empezar a cuestionar con rigor histórico y altura intelectual. Es una actitud profundamente conservadora que no puede leer, por su posición de clase, cuán elitista y condescendiente termina siendo su amor por el margen. Y, al mismo tiempo, no es la vía que está transitando ni la inteligencia ni la sensibilidad popular.

Un buen antídoto contra esa forma de pensar lo encontramos, entonces, en el campo del pensamiento nacional popular. Y me gustaría cerrar abriendo una nueva dimensión al feminismo populista, a saber: su vocación humanista. Uno de los pensadores con más olfato para insistir en esta vocación humanista en América Latina fue Horacio González. Pero me parece que no le hemos prestado atención a todo lo que planteaba en Humanismo, impugnación y resistencia. Su provocación era una invitación a tomar distancia de la pose antihumanista de Heidegger, quien ha sentado las bases de un posthumanismo reaccionario y elitista en el pensamiento actual. Pero también era una invitación a pensar las claves de un humanismo excéntrico (de tradición retórica y marxista heterodoxa) para mostrar que allí se ha ido cultivando una noción de lo humano inaudita en relación con la palabra y la naturaleza. Si seguimos esta estela de su pensamiento, es posible advertir el nuevo pacto humano que plantea un feminismo Nac&Pop. Y por pacto humano me refiero a tirar las flechas del tiempo en dos direcciones. Por un lado, recoger las latencias de esos legados humanistas y populares, y, por otro, propiciar un ejercicio de imaginación radical de futuro. La organización popular en clave feminista (y por eso mismo, antirracista y anticlasista), entonces, tiene la fuerza poética y espiritual para dar la pelea y neutralizar (una vez más) las pulsiones autodestructivas de la oligarquía mundial.