TERRITORIOS

Las patas en el barro

FABIANA DI LUCA

La historia reciente de una militancia ribereña. geográfica y ambiental. Sus grupos, sus caminatas, sus ideas y el futuro.

¿Qué es la orilla?

¿Qué es la orilla? Un trazo que salta y conmueve los mapas. Ese borde donde el agua es memoria que corroe. Entre abril y mayo de 2019, el grupo Expediciones a Puerto Piojo organiza, como parte de la muestra “Dos museos se saludan. Puerto Piojo en Isla Maciel”, el Primer Congreso Experimental Ribereño en el Museo Comunitario Isla Maciel. En el marco de la muestra, se propuso un encuentro abierto a proyectos de investigación, de arte, archivos y espacios de museo dedicados a pensar y difundir materiales vinculados con sitios de orilla de los ríos, los puertos y otros espacios ribereños. Allí nos congregamos una serie de proyectos culturales que trabajamos en torno a las riberas de lagos, lagunas, ríos o mar. El objetivo fue conocerse, vincularse, intercambiar experiencias entre instituciones y proyectos autogestivos grupales que reflexionen y produzcan en torno a problemáticas ambientales, culturales, políticas y sociales de estos territorios. Si bien se trató de un encuentro expositivo del estado de situación de cada proyecto, ya se perfiló allí un carácter fundante de esta experiencia que se continúa hasta hoy: la ronda como forma de ocupar el espacio, de circular la palabra, la escucha, las miradas. Es decir, como un modo espacial y vincular de posibilitar la conversación y la producción de saberes colectivos. Luego de los dos años de la pandemia, Expediciones a Puerto Piojo convoca al Museo del Puerto, a Ferrowhite Museo Taller y a Isla Invisible, radicados en el Puerto Ingeniero White de Bahía Blanca, para organizar el Segundo Congreso Experimental Ribereño en el mismísimo puerto. “¿Qué resuena en tu ribera?” fue la pregunta-disparador para habitar durante casi tres días ese territorio industrial-portuario en el que se sucedieron caminatas, comidas, charlas con invitados, recorridos por los dos museos, ex balnearios populares de la ría, el puerto con sus zonas opacas y sus capas de conflictos, apuestas y disputas históricas. La pregunta nos convidaba a pensar qué de nuestro modo de trabajar en una orilla resuena en las otras. Una preocupación se volvió común: la voluntad de que el territorio del agua y sus orillas sea cosa pública; abrir su acceso, su ambiente, sus historias; señalar sus tensiones; hacer que resuenen sus silenciamientos. Esta vez el Congreso se convirtió en campamento dentro del museo, un ejercicio situado y colectivo a partir del cual producir experiencias comunes y habilitar consonancias entre los proyectos participantes. La ronda tomó forma de una masa de tallarines caseros amasados por las vecinas de White, de fogata bajo el cielo estrellado y el rugido de las norias, de danza circular guiada por la voz hipnótica de Federico Moura cantando “Encuentro en el río musical” o de carta náutica alrededor de la cual fuimos aprendiendo en su decodificación las distancias entre los mapas y los territorios. El formato se actualizó en Villa Gobernador Gálvez, en los márgenes de Rosario, en 2023. La ribera del arroyo Saladillo y la Reserva Natural de Gálvez fueron epicentro de nuevas rondas y caminatas con referentes territoriales: militantes ambientales, activistas, militantes sociales del barrio La Ribera y la Posta Sanitaria. Las cuestiones socioambientales, la resistencia de los pescadores artesanales, los modos en que el extractivismo sojero se articula con la organización del consorcio del puerto de Rosario, pero también los puertos privados de Swift, Paladini y otros, que imponen su avasallamiento ambiental y social sobre un río que se piensa en términos de hidrovía, fueron algunos de los problemas situacionales de este territorio que se pusieron en diálogo con las problemáticas particulares de las diferentes riberas congregadas en este Tercer Congreso Ribereño. El colectivo artístico Thigra ofició en esta oportunidad como anfitrión junto con un comité organizador en el que ya éramos algunos más: Puerto Piojo, Ferrowhite, Museo del Puerto, Isla Invisible y Proyecto Orillas. La resonancia de la palabra “hidrovía” al lado de la palabra “río” y la potencia de “puerto” al lado de “nación” nos trajeron hasta la orilla rioplatense de Berisso y Ensenada, donde decidimos organizar el Cuarto Congreso Experimental Ribereño los primeros días de mayo de este año. Esta vez los anfitriones fuimos Casa Río, archivo.río y Proyecto Orillas, tres experiencias colectivas que hace años trabajamos en esta ribera desde proyectos que vinculan el arte, la producción, la naturaleza, la historia y la política. Muelle, puerto y playa fueron los tres ejes/problemas desde los que elegimos convocar. Tres ejes que articulan múltiples capas históricas, políticas, económicas, culturales, sociales y ambientales de este territorio con importancia geopolítica fundamental en la historia argentina, enclave protagónico en el proyecto de nación inaugurado en el siglo XIX y que, entendemos, sigue siéndolo en esta contemporaneidad trazada esencialmente por el modelo agroexportador. Más allá de que existan otros grandes ríos, de que esos ríos tengan presencia decisiva en la historia y la economía de nuestro país, de que corran y destellen a través de su cancionero, su literatura o sus artes plásticas, el río por antonomasia en la Argentina es el Río de la Plata. A poco que profundicemos en su historia, veremos la importancia que han tenido y tienen estas aguas como escenario de las luchas por la independencia, como vía de flujos inmigratorios y de intercambios comerciales, así como también en su calidad ecosistémica de ser un estuario, el tramo final de la enorme cuenca del Plata que conecta con el océano Atlántico. Los muelles, un territorio que es casi puerto, que es casi playa. Un punto en el que se condensan disputas sociales entre las élites y las clases populares: el muelle de los pescadores o de la pequeña casa en la isla Gronda y el muelle de los clubes náuticos. Un punto en el que se pliega la pregunta por el derecho común de acceso al río y la especulación inmobiliaria. El viejo Club Universitario Platense en el que nos alojamos durante los tres días del congreso, fue abrigo, pero sobre todo fue la posibilidad de leer la historia de Punta Lara como balneario popular y de élites platenses en los rastros que deja el tiempo en los muros, las formas arquitectónicas, las dimensiones que hoy resultan megalómanas o de un país que ya no existe y cuesta incluso imaginar. En ese pliegue en el que convive el muelle de pescadores, un juncal que avanzó sobre la playa, la basura que deja el río, un trampolín en el que aún vibra el salto mortal de un nadador de los años cincuenta, una pista de baile en forma de barco por cuyos ojos de buey ingresa el río y una rada llena de cargueros con banderas extranjeras. Los historiadores Julián Carrera y Pablo Moro, de la cátedra Historia Americana 1 de la UNLP, junto a la Asociación Ensenadense de la Historia, desplegaron la historia del Fuerte Barragán de Ensenada, los años del dominio español, la resistencia a las invasiones inglesas, los cruces entre los desertores de la vida terrible en los barcos del siglo XIX, los inmigrantes pioneros y los criollos, los querandíes que aún reclaman su lugar en la historia de estos territorios. El trabajo cotidiano y persistente de archivo y recuperación de una memoria colectiva de historiadores y trabajadores del museo del Fuerte y de algunos socios jóvenes del club que hoy insisten en la tarea de mantener viva la historia de este edificio en el que muchos han sido felices se mezcló con las preguntas compartidas en rondas de taller en torno a las palabras “muelle”, “puerto” y “playa”. La construcción de un glosario colectivo de modos posibles de nombrar estos territorios que contengan en sus polisemias la memoria, las luchas, las conquistas.


El muelle también puede ser una fábrica: un galpón en el que se cortan y curvan planchas de acero de una pulgada de espesor; otro en el que se funden piezas de locomotoras, de máquinas para usinas hidroeléctricas o motores de buques para la Armada; otro en el que miles de hombres y mujeres se convirtieron en obreros especializados en industria naval y fraguaron una cultura del trabajo y una identidad y experiencia política; grúas que se mueven con la lentitud de los tiempos largos en los que se forjan las mentalidades sociales que hacen de un proyecto de nación una nación. Visitamos el astillero Río Santiago (ARS) con la guía de Denis Vilardo y Gastón Amigorena, dos trabajadores militantes de ATE Ensenada. Hicimos un recorrido que inició en el monumento que recuerda a los 44 obreros detenidos-desaparecidos del ARS en la última dictadura burguesa genocida. Su relato de un astillero que fue el más importante de Sudamérica, que hoy tiene la mitad de trabajadores y que hace una década que no logra botar el buque Juana Azurduy pero que está intentado fabricar de manera articulada con la UNLP casas impresas en 3D o diques secos, se volvía casi un eco en el impacto sobre nuestros cuerpos de las dimensiones de esa arquitectura y la presencia extendida de la herrumbre. Una dimensión de la materia que se torna experiencia, internalización de los modos en que este país pudo ser la tercera flota mercante más importante del mundo y hoy no tiene naves para patrullar nuestros mares atestados de buques piratas que depredan sin control nuestra riqueza marítima. No hay texto que pueda igualar la experiencia en el cuerpo de ese estar ahí, entre estas grúas y estos galpones en los que el retrato de Perón se vuelve omnipresente. La escala y el estado de las cosas, su herrumbre, su quietud o su persistencia en el movimiento desbordan las narrativas posibles o se convierten en sí mismas en la narrativa de la historia hecha carne, piedra, óxido. El astillero como centro neurálgico de un proyecto de país y de una historia política de resistencias y luchas que Ángel Cadelli –ex subdirector del ARS– y Juan Bautista Duizeide –egresado del Liceo Naval Militar Almirante Brown en la isla Santiago y ex marino mercante– reconstruyeron en el interior de la que fue la estación ferroviaria Dock Central del puerto, hoy convertida en museo y centro cultural de eventos. La historia de vida de un aprendiz que se volvió obrero y luego ingeniero naval y protagonista esencial de una historia de militancia política ejemplar en la historia de las luchas obreras argentinas y así hasta convertirse en subdirector y hoy militante por la recuperación de un proyecto naval que, lejos de ser imposible, va a contramano de políticas de gobierno que hace tiempo ya entregaron nuestra soberanía sobre las aguas y la economía. Era sábado por la mañana en un puerto silencioso. No había ruido de grúas cargando o descargando. No había movimiento en la dársena central. Del otro lado, las ruinas del Swift y el Armour, la calle Nueva York y la mítica historia de la gesta peronista. Antes, los saladeros de los hermanos Berisso y un canal por el que navegamos como aquellas barcazas que se llevaban las carnes saladas y los cueros para llegar a la isla Paulino. Una isla inventada a pico y pala por los hombres que abrieron el canal principal de acceso al puerto cortando la gran isla Monte Santiago en dos. Éramos 41 personas más Claudio –el patrón de la lancha colectiva– a bordo. Un mapa con mojones geográficos, culturales, históricos, políticos, productivos, en el que trazamos nuevos mojones hechos de interrogantes y palabras arrojadas al horizonte que se abre al llegar a la playa de la isla Paulino, en la que tantos han pasado y pasan el día, haciendo nada, tirados al sol. El puerto que inventa esta isla y la historia de vida de Ruscitti y su hija, la Tana, que, a pesar de los pesares, insiste en mantener en pie esta quinta familiar que, como otras tantas, abasteció los mercados platenses de frutas, verduras, dulces y vinos de la costa. Bajo el techo de esta casa isleña alumbrada con energía solar y con olor a horno de leña, Santiago Prieto, investigador del CONICET de la UNLP, nos contó de este puerto que supo embarcar diariamente toneladas de carne, pero que el relato del fracaso fue tan fuerte que se volvió real, un día el frigorífico cerró porque ese puerto tuvo otro plan. Hoy los contenedores viajan en super-Panamax, que de tan grandes no entran en el canal. Entonces, la historia del puerto se cruza otra vez con la vida de la Tana Ruscitti y su lucha para que los barcos no le devoren la tierra y el refulado de barro del dragado del río Santiago y del pedazo que le arrancaron a la isla Santiago para que los portacontenedores sí lleguen hasta las grúas del puerto trayendo las baratijas de China, ese barro del fondo que tiene historias de contaminación y ahora es un desierto sin vida en la Paulino. Plegamientos de tiempos, proyectos, voces que ahora se cruzaban con nuestras investigaciones: la de Casa Río y los productores del anillo biocultural; la de los trabajadores de White que en los noventa se quedaron sin trabajo y sus historias, sus objetos y herramientas se convirtieron en la experiencia del Museo del Puerto y Ferrowhite; la de la Colectiva Magdalena 318, que desde el activismo artístico-ambiental interpela la conciencia comunitaria sobre las consecuencias del mayor derrame de petróleo en agua dulce ocurrido en esta ribera, en el año 1999; o las fotos familiares de los habitantes que hace años Daniela Samponi recopila para componer un archivo de la vida en el río. Por nombrar solo algunos de los veintidós proyectos que nos congregamos en este último congreso. Hombres y mujeres que llegaron a estas orillas a fines del siglo XIX y se instalaron con la ilusión de una vida posible. Que aprendieron de la importancia del junco para que el río no se lleve la orilla, del cultivo de mimbre, de la uva chinche que resiste las mareas, de las frutas y hortalizas antes de que las quintas platenses se convirtieran en el cinturón hortícola. Que hoy mismo resisten, recuperando las formas cooperativas y familiares de producción, como Rubén Verón, que el último día del congreso nos recibió en su quinta en Los Talas para contarnos, junto a Marcelo Miranda, estas historias y también las de cuando estas aguas eran mar y entonces en los albardones de conchilla nacieron los primeros talas. Y de cómo las nativas aprendieron a convivir con especies exóticas y los territorios mutan, porque aquí el agua trae navegantes y en esos barcos, historias, pero también sedimentos y semillas que viajan en camalotes desde allá arriba en el Brasil y van formando esta cuenca infinita de islas, arroyos, relatos superpuestos de las vidas secretas de la gente del río que habita estas riberas y va construyendo, más o menos silenciosamente, prácticas productivas autosustentables y biopolíticas culturales comunitarias para hacer frente a los conflictos socioambientales contemporáneos que la atraviesan. Habitar un territorio para ser atravesados por él en una experiencia que no entra en un paper, en un abstract ni en palabras claves. Decimos “congreso” en tanto encuentro en el cual intercambiar saberes específicos, pero sobre todo diversos, en torno a un mismo interrogante: cómo habitar las riberas. Una junta de personas, de experiencias colectivas, en la que se trama teoría y praxis en diálogo con un territorio puntual. Decimos “experimental” porque caminar por el monte blanco hasta encontrar la playa, mirar en silencio la grúa que se alza atravesando el cielo, imaginar futuros posibles para el puerto con quienes lucharon allí, cocinar y comer juntos, cantar en la orilla en la noche, conversar durante el mate de la mañana acerca de la importancia del uso público de los espacios costeros, escuchar a historiadores que investigan estas historias, dibujar y ensayar palabras entre todos en un papel en el piso, son formas también de producir e intercambiar saberes. Caminar, comer o navegar son buenos momentos donde preguntarnos por el rol del Estado en todo esto. “Experimental” porque en cada congreso ensayamos modos diferentes de compartir y producir conocimientos en los que también cabe lo no dicho, el gesto del cuerpo, el silencio. “Experimental” porque es la misma condición de la orilla en tanto territorio en permanente mutación y fuga la que le da forma y sentido a un espacio-tiempo en el que aprendemos y aprehendemos sin prisa, sin burocracia, sin jerarquías. Un conocimiento otro. Sí, también es posible hacerse nuevas preguntas e imaginar otros rumbos al momento de caminar sobre el barro.

Pensamos y organizamos este congreso: Expediciones a Puerto Piojo y Colectivo Ribereño (CABA), Museo Taller Ferrowhite, Museo del Puerto e Isla Invisible (Ingeniero White, Bahía Blanca), Casa Río (Punta Lara, Ensenada), archivo.río (Ensenada) y Proyecto Orillas (Delta de Tigre).