Vestida de Azul
SANTIAGO VILLANUEVA
Siempre el perdón vino antes del error. Y si miro el cajón de las
fotos, en la mayoría apoyo palma contra palma. Hasta para tirar unos
pasos en la pista de baile de los cumpleaños infantiles. Será que
pedir perdón es cómodo, pero también es una pose, esas
microestrategias que uno hace para dar lástima, el primer gesto de
victimización, una pequeña pose de amaneramiento prematuro que luego
pasó a tic y luego a defecto. Ahora me dicen que pido perdón por
negador, herencia por vía materna. Pero la verdad es que viene por
la vocación de seminarista. Ese edificio, el seminario diocesano de
Azul, es lo más parecido que vi a la Edad Media, o a esa idea de la
Edad Media que podía tener a mediados de los 90 por mandato J. K.
Rowling. Está a unos veinte minutos del centro de la ciudad, sobre
la ruta, y por años lo rodeamos para festejar el Día de la Virgen,
todos los 8 de diciembre, pero nunca nos dejaban entrar al edificio.
Se construyó ahí por una aparición de la Virgen a fines del XIX, eso
nos decían, y el juego era adivinar en qué lugar había aparecido. En
secreto pensaba la fantasía homosexual. Todos hombres compartiendo
esas habitaciones inaccesibles entregados a la rutina del canto al
peregrino, que también nosotros repetíamos mientras caminábamos a
arrodillarnos al altar. Todavía no existía la palabra deseo y no
pensábamos en eso. Todos hablábamos del alma, lo que siente el alma,
lo que hace el alma, el alma en pecado, el alma de bien, el alma
misionera. Era un alivio que existiera el alma y no el deseo.
Estaba el campanario de la catedral neogótica. Eso lo sabíamos desde
que empezábamos nuestra formación religiosa, algunos directamente en
el templo mayor frente a la plaza, otros deambulando por capillas
barriales. Pero el campanario era uno solo; había pequeños pero no
nos importaban, no los considerábamos, ni los escuchábamos. En
cambio, el campanario de la catedral sonaba retumbante todos los
días a las 7 de la tarde, de noche en invierno, de día en verano.
Pero un día, un solo día en toda nuestra infinita asistencia leyendo
el Nuevo Testamento, se nos permitía conocerlo, tocarlo, y hasta,
los que se animaban, subir a conocer las agujas del reloj. Piru era
la catequista, y ese día, el más importante de todos, abrí la boca
de más, tan grande como salgo en la foto de la primera comunión,
“cara de pasiva”, me dirían después. Aunque en ese momento me veía
más bagre que pasiva. Piru me tenía que castigar, me dijo que no era
por ella, que lo hacía por los demás y para que aprendiera. Nunca vi
el campanario, pero me lo imagino precioso y brillante. Cuando me lo
imagino, lo veo con todos mis compañeritos dando los pasos cortos
que se pueden dar a los nueve años. Piru tenía ese corte de pelo
típico de catequista, por no decir de lesbiana. Era fanática de los
campamentos que la llevaban lejos de su familia. Había metido a
todos en la Iglesia y creo que eso le jugaba en contra a sus breves
lapsos de libertad. Le agradezco siempre no haberme dejado ver la
campana, hizo de ese no un ejercicio de hacer las cosas grandes, sin
la necesidad de conocerlas. Muchos años después me pasaba eso con
los boliches gays de la capital: Zoom, Angel’s o Amerika eran mucho
más preciosos antes de entrar. Le había pasado también a Aira,
cuando a comienzos de los dos mil viaja a La Habana a dar una
conferencia y se encuentra que el Museo Nacional de Bellas Artes
estaba cerrado por refacciones y no pudo ver cuadros “ni buenos, ni
malos”. Dice: “Quizás fue mejor así, quizás siempre debería ser
así”. Perderse una historia, para inventarse otra. Todo esto da
forma a un perfil de actitud pasiva. Quieto en la entrada de algo,
sin poder hacer que las cosas afuera cambien. Y luego, un
no que se convierte en algo incontrolablemente fuera de
escala. Como los bares que a la calle son una puerta pequeña y
doméstica y hacia adentro, simulaciones de cuevas hechas en yeso
pintadas con aerosol, con infinitos recovecos. Quedarse afuera es
muy de ciudad chica; el horario municipal hace que todo siempre esté
cerrado. En el pueblo, quedar afuera es la norma.
Abrí la boca de más, tan grandecomo salgo en la foto de la primera comunión,
“cara de pasiva”,
me dirían después.
Suena el teléfono en Plita Boutique, local de pilchas para todas las
aspirantes a chetas de pueblo. Remeras manga tres cuartos, mucho
beige. Las perchas se cuelgan entre sí a dos centímetros de
distancia, me decía mi mamá. Me pagaba un peso por ordenar el
canasto de las ofertas, de mimbre, que habíamos comprado en el
mercado de frutos del Tigre. Cambiaba la decoración a cada rato
tratando de encontrar una moda que imponía una señora que en un
garaje resecaba plantas y componía dentro de unos marcos bien
profundos y pesados. Ella marcaba la hora de la decoración en los
locales, y, dado el cambio de temporada, todos se parecían. El local
era mi pantalla para entrar al mundo femenino. Charlas y probadores,
mucho cuchicheo y mucha preparación para eventos. Mi aspirante
personalidad homosexual estaba en su salsa. La suerte me dio la
escuela de poder ver por horas mujeres mirándose al espejo, todo un
catálogo de coreos provincianas para la seducción. Hacía poco se
había construido un boliche con muchas pistas que se llamaba
Cronopios, y el local habilitaba con más énfasis su sección noche.
El plateado reemplazaba al beige. Plita había inaugurado su local en
1986, escapando de su misteriosa vida tandilense, huyendo de una
madre bebedora. Había abandonado la escuela primaria y desde los 14
años incursionado el trabajo en pilcherías. Maniquíes pintados a
mano y muebles de caña se ven en la inauguración del negocio,
vidrierismo amateur que con los años perfeccionó hasta que el
día de la vidriera llegó a ser el momento más especial del
mes. Por momentos, el destino cromático del local perdía su rumbo;
por otros, lo encontraba en el orden del color de la temporada. De
repente, como si un vuelco anarquista sacudiera de la noche a la
mañana el programa de la boutique, no había un orden aparente, o el
orden estaba tan adentro de la cabeza de mi mamá que tal vez solo
era para declarar la guerra a sus dos locales enemigos, uno que ella
misma describía como clasicongo y el otro sin vueltas, de gata, al
que le decía el local de los escotes y el leopardo.
El animal print llegó tarde, yo ya no vivía más en Azul, y en mis
visitas de verano a la familia empezaba a verlo. Primero en tapados,
después en remeritas y por último en bikinis y mallas enteras. Los
90 fueron más los 00, o capaz al revés. Las publicidades de Sail
fueron uno de los puntos de atracción más fuertes del local. Hubo un
momento medio Benetton, otro medio Rebelde Way que hizo que todas
mis amigas me pidieran las publicidades del local para adornar sus
cuartos de calentura adolescente. Pero yo los usaba, los tapaba de
blanco y pintaba mis cuadros estilo tortura de hombrecitos colgados
o niños solos, medio joven Kuitca, medio Ignacio Iturria, pero sobre
todo siguiendo las modas que veía en la galería Hoy en el Arte de
Teresita Nachman.
La pose vino con el local. Sylvia Molloy la estudió en Wilde. Son
los gestos que anuncian algo desde el cuerpo. Los gestos de
amaneramiento traen una mala noticia: la cosa era obvia. La excesiva
proyección teatral y las connotaciones plásticas que buchonean.
“Exhibir no solo es mostrar, es mostrar de tal manera que aquello
que se muestra se vuelva más visible, se reconozca”, dice. La pose
aparece por el hecho de callar. Lo que no se nombra se va volviendo
cada vez más gesto, hasta que el gesto habla de más, no se
contiene.
El amaneramiento es un gesto no contenido, que muchas veces invade
hasta la voz. Pero la pose también es derroche, histrionismo,
movimientos no masculino o masculino problematizado, que es lo que
ve Molloy en Wilde. Lo que no cabe en palabras todavía no existe
como concepto. La pose perturba y tienta, llama la atención y lleva
la mirada. “Se la acepta como detalle cultural, no como práctica
social y política. Se la reduce al afeminamiento jocoso”, dice
Molloy. La pose de pueblo reubica los músculos y los órganos, todo
para un mismo lado.
Bataille decía que la gravitación en torno a un centro de ciudades
periféricas hace que se degraden los órganos que constituyen al ser,
lo que allá llaman el efecto pasa de uva.
Fue por ahí, cerca de 1999, que mi hermana cumplió 15 años. Esa
noche me sentí Shiva Nataraja. Pose de patadas múltiples que se
despegan del suelo dando el movimiento inicial al mundo propio que
empieza a rodar. Me veo estirando al máximo los brazos para poder
llegar a las manos de los mayores y encajar en un ritmo. Ese primer
baile me dejó en una pose de desnivel.
A eso le siguió el verano más aburrido de todos, el del 2002, salvo
por la marcha de la leche. Una de las heladerías de la ciudad había
desviado unos cientos de litros de leche de planes sociales de la
ciudad y que tenían el sello del Consejo Provincial de la Familia y
Desarrollo Humano de la provincia de Buenos Aires, y que Coppelia,
la heladería, había utilizado durante el último tiempo para hacer
sus helados. Era el calor de febrero de 2002. No había ido a la
plaza del 2001, pero salí a la calle, al Palacio de Tribunales, a
cuadras de mi casa, y marchamos hasta la Plaza San Martín pidiendo
justicia. No importaban los grandes temas que podían interesar a las
grandes ciudades; la agenda era la de lo pequeño. Sin chismerío no
había lucha. En 1986, el mismo año que mi mamá inauguraba su local,
Enrique Symns había vivido una Azul completamente diferente. Había
llegado por azar. En realidad, porque estaba buscando algo en Las
Flores, donde no pasaba nada: ni vida diurna ni nocturna. En Las
Flores no hay joda, decía. En Azul, Symns encuentra los bares,
bailongos, pubs, bolichones, discotecas y hasta gimnasios que estaba
buscando. Symns va a C’fini, el boliche de zurdos al que le fue mal
y pasó a ser bar gay, habla con un joven poeta de 30 que dice que la
principal arma del pueblo es la indiferencia, pasa por Gatopardo, la
discoteca lujosa de la región, y otro joven, Metro Mesino, le dice
que “es tanto el aburrimiento, la falta de aventuras, de misterios,
de perspectivas, que llega el fin de semana y todo el mundo se lanza
a los bares y discotecas a superemborracharse. Aquí, hoy, nadie
coge”. El alcohol es la droga de Azul, dice, y hace que la ciudad
entre en desnivel hasta caer. El axioma de Symns ya estaba en el
copete: lo más horrible de un pueblo es que todos sabemos quiénes
somos.
Barracuda era el telo de la zona. Una de las chicas que trabajaba
ahí le dice a Symns que “de día vienen viejos con esas locas que se
escapan del loquero, esas infradotadas que andan por el parque
levantando viejos. Bueno, esos degenerados traen a las locas y se
aprovechan de ellas”. Recuerdo el caserón de las locas. En realidad
era un prostíbulo que quedaba a cinco cuadras del local de mi mamá.
Era un castillo parecido al del seminario, pero todo destruido, con
sábanas colgadas por todos lados que se dejaban ver desde afuera.
Cuando pasábamos por ahí, papá aceleraba el auto. Parece que, hasta
la dictadura, Azul era polo turístico del trabajo sexual. Había
muchos burdeles, pero ya para el 86 Symns rescata que casi no había
“putas profesionales” en Azul.
La noche de Symns termina en El Escote, otro boliche de gays y gente
del MAS, y describe la escena de cierre con la épica del señor de
los venenos: “Nueve tristes travestis se pasean aún por la plaza, al
amanecer, sin haber encontrado su destino. Mucho más tristes,
conchetos, rockeros, poetas o simples ciudadanos de Azul, también
regresan tristemente desde su pequeño y amarrete paseo por los
límites del gueto al que pertenecen. No son 50 mil almas en Azul. No
es una ciudad Azul. Su alma está dividida en clases sociales y
creencias, en zonas y en lenguajes”.
No sé si todas las tapas de El Porteño
tienen hexagramas del I Ching, pero esta lo tiene en el borde
inferior derecho. Es Hsü: la espera. Lo abismal y lo creativo. Dice
que la debilidad y la impaciencia no logran nada. La pasividad es la
pose de lo débil, de lo dispuesto y desprotegido en potencia. En el
pueblo, la pasiva espera.